En busca de Dios, de Jerusalén a las calles del mundo
En Sant'Anselmo, el abad de la Abadía de la Dormición reinterpretó el diálogo interreligioso a la luz de la Regla de san Benito: en Jerusalén, la línea decisiva no se sitúa solo entre religiones, sino dentro de ellas, entre quienes quieren poseer a Dios y quienes lo buscan.
29 octubre 2026
Annalisa Reitano, becaria de la Cátedra de Pensamiento Cristiano y Práctica Espiritual y doctoranda en Historia de la Teología en el Ateneo Pontificio de Sant'Anselmo
El 22 de octubre de 2026, el Ateneo Pontificio de Sant'Anselmo recibió al abad Nikodemus Schnabel OSB, que dirige las comunidades benedictinas de la Dormición en Jerusalén y de Tabgha, a orillas del mar de Galilea. Con su intervención, el abad inauguró la cuarta edición del Forum Sant'Anselmo, organizado por la Cátedra de Pensamiento Cristiano y Práctica Espiritual. El Forum, fundado en 2023, aspira a ser un lugar de encuentro abierto a todos, donde se pueda profundizar, a la luz de la tradición monástica benedictina, en la reflexión sobre el diálogo entre fe, cultura y experiencia personal. Para la ocasión, generosamente apoyada por el Pontificio Instituto de Santa Maria dell'Anima, el abad Nikodemus eligió un título especialmente exigente: “Alla ricerca di Dio tra chi cerca Dio. Nostra aetate alla prova di Gerusalemme”.
El hilo conductor de toda la reflexión fue la Regla de san Benito, a partir de la pregunta con la que, en el capítulo 58, invita a discernir la vocación de quienes piden entrar en el monasterio: Si revera Deum quaerit, «si verdaderamente busca a Dios». Según el abad, en Jerusalén la línea decisiva no está solo entre judíos, cristianos y musulmanes, sino que atraviesa también las propias religiones: de un lado están quienes quieren poseer a Dios; del otro, quienes lo buscan. Los primeros son los “hooligans de la religión”, para quienes la fe se convierte en una camiseta de fútbol y Dios en la mascota de su propio equipo; los segundos son los “buscadores de Dios”, que pueden serlo con independencia de la religión a la que pertenezcan. Algunos amigos judíos y musulmanes del abad han adoptado esta expresión, cuyo copyright —recordó— pertenece precisamente a san Benito. El diálogo interreligioso, por tanto, no es simplemente el encuentro entre credos distintos, sino el lugar donde «un buscador de Dios se encuentra con otros buscadores de Dios». En definitiva, «el buscador de Dios no necesita un enemigo. Necesita a Dios».
Después del 7 de octubre de 2023, cuando parecía obligatorio tomar partido, el abad elaboró una respuesta que con el tiempo se ha vuelto cada vez más importante. A quienes le preguntan si es proisraelí o propalestino, responde: «Soy prohumano». Esto no es neutralidad, sino la profunda convicción de que toda injusticia debe juzgarse por sus efectos sobre los seres humanos, sobre todo ser humano, incluidos los enemigos. De lo contrario, la dignidad humana dejaría de serlo y se convertiría en «una recompensa por el buen comportamiento». Con estas palabras, el abad invitó a los presentes a situarse siempre del lado de la humanidad, recordándoles que «quienes buscan a Dios no deben elegir qué muertes se les permite llorar».
Estas convicciones se han traducido en decisiones concretas. Tras el descenso de las peregrinaciones a raíz de la guerra, los monjes decidieron no despedir a ninguno de sus 29 empleados, de cuyos salarios dependen en total 101 personas, porque «esto también es diálogo interreligioso». En Tabgha, en las primeras semanas de la guerra, el monasterio acogió a la comunidad israelí de Kfar Rafael, donde viven personas con discapacidad, con la convicción de que «en un momento de miedo, abrir una puerta se convierte en un gesto teológico».
Los buscadores de Dios —recordó el abad— tienen nombre. Maoz Inon es un judío israelí cuyos padres fueron asesinados por Hamás el 7 de octubre. Aziz Abu Sarah es un musulmán palestino que perdió a su hermano a una edad temprana, fallecido tras ser detenido y maltratado por soldados israelíes. A pesar de tener todos los motivos para ser enemigos, ambos hablan el uno del otro como hermanos. Pensando en ellos, el abad vuelve a la pregunta de la Regla: Si revera Deum quaerit: sin negar las diferencias entre su fe y la de ellos, reconoce en ambos los frutos de una búsqueda auténtica de Dios, como la capacidad de no dejar que la propia herida se convierta en un arma.
Entre las imágenes presentadas, una de las más significativas fue la de la danza. En Roma —observó el abad—, el diálogo interreligioso a veces se asemeja al Baile de la Ópera de Viena: música cuidadosamente elegida, pasos conocidos, reglas compartidas. En Jerusalén, en cambio, es un baile callejero: no siempre hay música, no siempre se elige a la pareja y a veces se pisan los pies. De ahí su invitación, que trasciende los confines de Jerusalén y toca la vida cotidiana de todos: «Tengan el valor de dejar que a veces alguien les pise los pies. Y tengan el valor de pedir perdón cuando ustedes los pisen».
La esperanza del abad no coincide con un optimismo irreal: la guerra y la paz no son destino, sino fruto de decisiones humanas, y precisamente por eso «otra decisión es posible». El Regla, que había abierto la reflexión, marcó también su conclusión. En el capítulo 72, san Benito espera que Cristo «nos conduzca juntos a la vida eterna». En ese pariter, «juntos», el abad reconoce una gran palabra de esperanza. De ahí su deseo final: que judíos, cristianos y musulmanes sigan bailando, no porque todos crean lo mismo, sino porque nadie posee a Dios y cada uno puede buscarlo.




